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December 3, 1999
Historia de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe
- Escrita en Náhualt por Antonio Valeriano
- Traducida por Primo Feliciano Velásquez
- Originalmente publicado en La Prensa San Diego. Usado con permiso.
En oden y concierto se refiere aquí de qué
maravillosa manera apareció poco ha la siempre Virgen Santa María, Madre de
Dios, Nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra Guadalupe
Primero se dejó ver un pobre indio llamado Juan Diego; y después se
apareció su preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga.
También (se cuentan) todos los milagros que ha hecho
Primera aparición
Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo
paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del
verdadero Dios, por quién se vive. A la sazón, en el año de mil quinientos
treinta y uno, a pocos daís del mes de diciembre, sucedió que había un pobre
indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las
cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco. Era sábado, muy de
madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandatos. Al llegar junto al
cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba
canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y
parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepujaba
al del COYOLTOTOTL y del TZINISCAN y de otros pájaros lindos que cantan. Se paró
Juan Diego a ver y dijo para sí; "¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿quizá
sueño? ¿me levanto de dormir? ¿dónde estoy? ¿acaso en el paraíso terrenal, que
dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿acaso en el paraíso terrenal, que
dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿acaso ya en el cielo?" Estaba
viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto
celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le
llamaban de arriba del cerrillo y le decían "Juanito, Juan Dieguito".
Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al
contrario, muy contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban.
Cuando llegó a la cumbre, vió a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo
que se acercara.
Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza": su
vestidura era radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado
por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbrada la
tierra como el arco iris. Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas
que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y
sus ramas y espinas brillaban como el oro. Se inclinó delante de ella y se oyó
su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le
dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?" El respondió:
"Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir
las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de
nuestro Señor".
Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad, le dijo: "Sabe y ten
entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa
María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está
todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un
templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues
yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de
esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oir
allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.
Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de
México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí
en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y
admirado y lo que has oído.
Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y
merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo
que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño;
anda y pon todo tu esfuerzo".
Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: "Señora mía, ya voy a cumplir
tu mandado; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo". Luego bajó, para
ir a hacer su mandado; y salió a la calzada que viene en línea recta a
México.
Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio
del obispo, que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba don
fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas llegó, trató de
verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle y pasado un buen rato vinieron
a llamarle, que había mandado el señor obispo que entrara.
Luego que entró, se inclinó y arrodilló delante de él; enseguida le dió el
recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vió y oyó.
Después de oir toda su plática y su recado, pareció no darle crédito; y le
respondió: "Otra vez vendrás, hijo mío y te oiré más despacio, lo veré muy desde
el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido".
El salió y se vino triste; porque de ninguna manera se realizó su
mensaje.
Segunda aparición
En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo y acertó
con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vió la
vez primera. Al verla se postró delante de ella y le dijo: "Señora, la más
pequeña de mis hijas. Niña mía, fuí a donde me enviaste a cumplir tu mandado;
aunque con dificultad entré a donde es el asiento del prelado; le ví y expuse tu
mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención;
pero en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo por cierto, me dijo: "Otra
vez vendrás; te oiré más despacio; veré muy desde el principio el deseo y
voluntad con que has venido..." Comprendí perfectamente en la manera como me
respondió, que piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te
hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te ruego
encarecidamente, Señora y Niña mía. que algunos de los principales, conocido,
respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque
yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola,
soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora,
me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro. Perdóname que te cause
gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía".
Le respondió la Santísima Virgen: "Oye, hijo mío el más pequeño, ten
entendido que son muchos mi servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar
que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú
mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te
ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana
a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad,
que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en
persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía".
Respondió Juan Diego: "Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy
buena gana iré a cumplir tu mandado; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni
tengo por penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con
agrado; o si fuere oído, quizá no se me creerá. Mañana en la tarde, cuando se
ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el
prelado.
Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa
entre tanto". Luego se fue él a descansar a su casa.
Al día siguiente, domingo muy de madrugada, salió de su casa y se vino
derecho a Tlatilolco, a instruirse de las cosas divinas y estar presente en la
cuenta para ver enseguida al prelado. Casi a las diez, se presentó después de
que oyó misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan
Diego al palacio del señor obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño por verlo,
otra vez con mucha dificultad le vió: se arrodilló a sus pies; se entristeció y
lloró al exponerle el mandato de la Señora del Cielo; que ojalá que creyera su
mensaje, y la voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifestó
que lo quería.
El señor obispo, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas, dónde la vió y
cómo era; y él refirió todo perfectamente al señor obispo. Mas aunque explicó
con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se
descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor
Jesucristo; sin embargo, no le dió crédito y dijo que no solamente por su
plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy
necesaria alguna señal; para que se le pudiera creer que el enviaba la misma
señora del Cielo.
Así que lo oyó, dijo Juan Diego al obispo: "Señor, mira cuál ha de ser la
señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envía
acá".
Viendo el obispo que ratificaba todo, sin dudar, ni retractar nada, le
despidió. Mandó inmediatamente a unas gentes de su casa en quienes podía
confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando mucho a dónde iba y a quién veía
y hablaba. Así se hizo.
Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él,
donde pasa la barranca, cerca del puente Tepeyácac, lo perdieron; y aunque más
que buscaron por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que regresaron, no
solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y
les dió enojo. Eso fueron a informar al señor obispo, inclinándole a que no le
creyera, le dijeron que no más le engañaba; que no más forjaba lo que venía a
decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que
si otra vez volvía, le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más
mintiera y engañara.
Tercera aparición
Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la
respuesta que traía del señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo:
"Bien está, hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal
que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti
sospechará y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo
y cansancio que por mí has impedido; ea, vete ahora; que mañana aquí te
aguardo".
Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para
ser creído, ya no volvió. Porque cuando llegó a su casa, a un tío que tenía,
llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave.
Primero fue a llamar a un médico y le auxilio; pero ya no era tiempo, ya estaba
muy grave. Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera, y viniera a
Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque
estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni
sanaría.
El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a
llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la
ladera del cerrillo del Tepeyácac, hacia el poniente, por donde tenía costumbre
de pasar, dijo: "Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en
todo caso me detenga, para que lleve la señal al prelado, según me previno: que
primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo de prisa al sacerdote; el
pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando". Luego, dió vuelta al cerro,
subió por entre él y paso al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a
México y que no le detuviera la Señora del Cielo.
Cuarta aparición
Pensó que por donde dió vuelta, no podía verle la
que está mirando bien a todas partes. La vió bajar de la cumbre del cerrillo y
que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado
del cerro y le dijo: "Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿a dónde
vas?"
¿Se apenó él un poco o tuvo vergüenza, o se asustó? Juan Diego se inclinó
delante de ella; y le saludó, diciendo: "Niña mía, la más pequeña de mis hijas.
Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿estás bien de salud, Señora
y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre
siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso
a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que
vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el
trabajo de nuestra muerte. Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí,
para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname, ténme por ahora
paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña, mañana vendré a toda
prisa".
Después de oir la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen:
"Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y
aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna
enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi
sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has
menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu
tío, que no morirá ahora de ella: está seguro de que ya sanó". (Y entonces
sanó su tío según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la
Señora del Cielo, se consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes le
despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba; a fin de que
le creyera.
La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo,
donde antes la veía. Le dijo: "Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del
cerrillo, allí donde me viste y te dí órdenes, hallarás que hay diferentes
flores; córtalas, júntalas, recógelas; enseguida baja y tráelas a mi
presencia".
Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró
mucho de que hubieran brotado tantas variadas, exquisitas rosas de Castilla,
antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo;
estaban muy fragantes y llenas de rocío, de la noche, que semejaba perlas
preciosas. Luego empezó a cortarlas; las juntó y las echó en su regazo. Bajó
inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes rosas que fue a
cortar; la que, así como las vió, las cogió con su mano y otra vez se las echó
en el regazo, diciéndole: "Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas
es la prueba y señal que llevarás al obispo. Le dirás en mi nombre que vea en
ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla".
Tu eres mi embajador, muy digno de confianza.
Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y
descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la
cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste;
para que puedas inducir al prelado a que dé su ayuda, con objeto de que se haga
y erija el templo que he pedido".
Después que la Señora del Cielo le dió su consejo, se puso en camino por la
calzada que viene derecho a México; ya contento y seguro de salir bien, trayendo
con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara
de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.
Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros
criados del prelado. Les rogó le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de
ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea
porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno; y,
además, ya les habían informado sus compañeros, que le perdieron de vista,
cuando habían ido en su seguimiento. Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron
que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabisbajo, sin hacer nada, por si acaso
era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron
a él para ver lo que traía y satisfacerse.
Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que traía y que por eso le
habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores, y al
ver que todas eran diferentes rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo
en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy
frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas. Quisieron coger y sacarle
algunas; pero no tuvieron suerte, porque cuando iban a cogerlas, ya no veían
verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la
manta.
Fueron luego a decir al obispo lo que habían visto y que pretendía verle el
indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que por eso aguardaba,
queriendo verle. Cayó, al oírlo el señor obispo, en la cuenta de que aquello era
la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito.
Enseguida mandó que entrara a verle.
Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó
de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje. Dijo: "Señor,
hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa
María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le
has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo
te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de
su voluntad. Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna
señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que
otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había
dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del
cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de
Castilla. Después me fuí a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y
de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las
diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den
flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no
por eso dudé; cuando fuí llegando a la cumbre del cerrillo miré que estaba en el
paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla,
brillantes de rocío que luego fuí a cortar.
Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en
ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca
la verdad de mi palabra y de mi mensaje. Hélas aquí: recíbelas".
Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así
que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se
dibujó en ella y apareció de repente las preciosa imagen de la siempre Virgen
Santa María, Madre de Dios, de la manera que ésta y se guarda hoy en su tempo
del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe.
Luego que la vió el señor obispo, él y todos los que allí estaban se
arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron; se entristecieron y
acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y el pensamiento.
El señor obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber
puesto en su obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso en pie, desató del
cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció
la Señora del Cielo. Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más
permaneció Juan Diego en la casa del obispo que aún le detuvo. Al día siguiente,
le dijo: "Ea, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erija su
templo". Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo.
No bien Juan Diego señaló donde había mandado la Señora del Cielo que se
levantara su templo, pidió licencia de irse. Quería ahora ir a su casa a ver a
su tío Juan Bernardino, el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a
Taltilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo
la Señora del Cielo que ya había sanado. Pero no le dejaron ir solo, sino que le
acompañaron a su casa.
Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía. Se
asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien
preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho. Le respondió
su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y
dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del Cielo; la que,
diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se
consoló, le despachó a México, a ver al señor obispo para que le edificara una
casa en el Tepeyácac. Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la
vió del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por ella que la
había enviado a México a ver al obispo. También entonces le dijo la Señora que,
cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que vió y de qué manera
milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de
nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.
Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera
a informarle y atestiguara delante de él. A entrambos, a él y a su sobrino, los
hospedó el obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la
Reina del Tepeyácac, donde la vió Juan Diego. El señor obispo trasladó a la
Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la sacó del oratorio
de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita
imagen. La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y
a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro
divino: porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.
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